5 may. 2012

Programa de mano, 20 de mayo III: Ravel.

M. Ravel (1875-1937)
Tzigane, rapsodia de concierto para violín y orquesta
 
En esa época, hacia 1900, existían varias corrientes que mostraban su influencia en la música que entonces se hacía. Una de esas corrientes (tal vez subterráneas) era la de la música popular. Hacia 1905 el compositor y etnomusicólogo Béla Bartók había comenzado a recorrer los pueblos y aldeas de Hungría y Rumanía para recoger las melodías que se empleaban en el mundo rural y que trataron de conservar transcribiéndolas y grabándolas en un gramófono.
La obra de Maurice Ravel Tzigane (Gitano), fue escrita por encargo de la violinista húngara Jelly d´Aranyi, sobrina nieta del famoso virtuoso Joseph Joachim (1831-1907), uno de los violinistas más famosos de todos los tiempos. La pieza estaba escrita para violín acompañado de un luthéal, un instrumento que consistía en síntesis en un piano preparado, de modo parecido a los que, años después, utilizaría con tanta predilección John Cage. Traducimos de la Wikipedia en inglés: “El luthéal es una especie de piano preparado que extendió sus posibilidades tímbricas produciendo sonidos parecidos a un címbalo en algunos registros, la explotación de los armónicos de las cuerdas al tirar de algún mecanismo y también algunos registros más en los bajos, por resonancia. El instrumento llegó a ser obsoleto porque la mayor parte de su mecánica era demasiado sensible: necesita un ajuste constante. Las únicas piezas en el repertorio general para luthéal son L'Enfant et les Sortilèges (1920-1925) y Tzigane (1924) de Maurice Ravel, cuyas interpretaciones actuales tienden a sustituirlo por un piano vertical, ya sea preparado o no.”
Ya en la época de Ravel se interpretaba la obra con un piano normal y el propio autor arregló una versión para orquesta que es la que se interpreta ahora. No obstante, el papel del violinista es fundamental y llena la mayor parte de la pieza con el sonido “gitano” de sus cuerdas. Su nombre hace referencia a los intérpretes húngaros o rumanos de esa etnia, que hicieron un uso prolífico y bastante virtuoso del instrumento tanto en tiempos históricos como en la actualidad. Esto le sirve al compositor francés para el uso de armonías basadas en escalas modales propias de estas músicas, así como para la improvisación, siendo gran parte de la partitura la trascripción de las realizadas por d’Aranyi en la época. La fuerza de la interpretación y lo sugerente de la orquestación producen un efecto especial en su audición. La primera parte de la pieza está dominada por la música del solista. Hacia la mitad, la orquesta va ganando en presencia hasta terminar estableciendo ese diálogo que es tan propio de la música de concierto, y con el que termina la obra. 





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