4 oct. 2010

Música y espectáculo.

El siempre certero comentario de Enrique Falcó en el diario Hoy estuvo dedicado ayer domingo al concierto de U2 en Sevilla. Si ese periódico pusiera más atención a lo que pasa, como hace este acérrimo defensor del whisky Loch Lomond, ganaría mucho y podría defender una profesionalidad que, para mí, tiene muy menguada. Por ejemplo, la Orquesta de Extremadura ha iniciado su temporada y por el periódico lo único que sabemos es que la berrea del Venado ha vuelto a esta tierra, lo que no es poco.
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En su breve artículo, Enrique Falcó se plantea dos cuestiones capitales, una de la música en general, cuando se pregunta si la música es un lenguaje, y otra de la música pop actual, al señalar la importancia que el espectáculo ha adquirido por encima del propio arte musical.
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Respecto a la primera se han escrito ríos de tinta llegándose a la conclusión por la mayor parte de los autores de que la música no es un lenguaje porque no trasmite un mensaje semántico, aunque es algo que se le parece mucho en su funcionamiento. Muy acertada es su apreciación sobre la conversión de la música popular actual en espectáculo. Música y espectáculo han ido unidos desde siempre y eso no ha supuesto merma del aprecio que la música despertaba en los oyentes. En la Grecia clásica, la musiké, el arte inspirado por las musas, no diferenciaba la música, la poesía y la danza. Su forma más conocida históricamente ha sido la ópera. La ópera es la unión de estos dos conceptos y nadie ha considerado que la música pierda brillo por ir unida al teatro, la representación, el espectáculo y la puesta en escena con llamativos decorados, al contrario, ha sido un acicate para buscar la obra de arte total, (la gesamtkunstwerk, según el terrible substantivo con que Wagner se refería a ello), una antigua aspiración artística de la cultura occidental que se remonta, al menos, al Renacimiento y tiene su origen en la cultura griega. Por otra parte, el espectáculo siempre ha sido fundamental para la música pop, el rock y sus derivados posteriores. El concierto pop no es sólo música, es puesta en escena, es la creación de una identidad compartida y aquí la identidad es algo que nos hace idénticos aunque cuando entramos en el local éramos diferentes. Es a lo que se refiere Enrique Falcó cuando dice que el grupo U2 fue “el nexo de 80.000 personas tan distintas”. Así sucede desde los primeros conciertos de Chuck Berry, de Elvis Presley o de los Beatles.
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Sin embargo, hay un aspecto reciente en la preferencia actual por el espectáculo en la música popular que me preocupa un poco, en cuanto que, ahora sí, podría ser síntoma de cierto deterioro del aprecio del público por la música. Es tan grande la influencia que lo visual ha tenido sobre la generación más joven, la que se ha educado con la televisión, los videojuegos y los ordenadores personales, que parece como si la música hubiera perdido terreno entre las preferencias del público. Hoy día no se escucha a una cantante pop que no sea una belleza deslumbrante. Nadie ha pensado que una chica o un chico feos pudieran tener una voz y una musicalidad portentosa cantando. Si un artista pop, además de hacer música, ofrece una imagen atractiva, excitante u original, su encanto aumenta y su aceptación popular también. Pero esto se ha llevado últimamente a extremos que son preocupantes, al menos en determinados entornos de la música popular. Los promotores del negocio, que no del arte, ofrecen unos “productos” en los que prima la presentación visual por encima de la calidad intrínseca, de la misma forma que se hace con la bollería industrial, los aparatos electrónicos de consumo o los frasquitos de cosmética que tanto se venden hoy día. La aceptación actual de "los musicales", una forma de espectáculo que nunca había triunfado en España salvo en formas autóctonas como la “revista”, muy apreciadas por el público de edad, va en la línea de lo aquí apuntado. Para que la gente acepte la música hay que dársela vestida de ropajes ajenos. Esta conjunción entre lo visual y lo musical se inicia ya en los años ochenta con el éxito de los videoclips, que son una forma de marketing musical.
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Sin embargo la clave de esta conexión entre el video y el audio está en saber cuánta gente es capaz hoy día de disfrutar de la música tal cual, escuchándola en un ipod, sin ningún aditamento visual.

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