17 dic. 2007


No es que nos preocupe mantener la memoria de un músico que se llamó Karlheinz Stockhausen y que nació y vivió cerca de Colonia. De lo que se trata es de reflexionar sobre la poca influencia que tiene la música que se hace en el presente sobre el público en general y sobre el mundo académico en particular. Se viene objetando que la música serial y las vanguardias electroacústicas fueron un gran fracaso y se les culpa a éstas, y a su falta de conexión con el público, de este desencuentro. Bien, y ¿qué es de la reacción minimalista y de su obsesión por “darse a entender” por cualquier oyente?. ¿Acaso los minimalistas llegaron a calar, no digo ya en el gran público muy preocupado por eventos como la O.T. y otros asuntos del comercio, la industria y el consumo, sino siquiera en la “minoría” de melómanos que consumen conciertos y grabaciones discográficas, quienes para encontrar un referente de la música que gustan se tienen que trasladar al Salzburgo del siglo XVIII? Precisamente en el siglo XVIII se decía que solo les interesaba la música realizada en los últimos cuarenta años, la de la última generación viva. Luego se iniciaría el interés por la música del pasado hasta llegar en el siglo XX a no tener más interés que en el pasado y no escuchar nada de lo realizado en los últimos cuarenta años. Si hablamos de la música realizada en occidente desde la posguerra mundial podemos concluir que el único éxito de ventas producido desde entonces en la música “culta” es el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, una pieza tan famosa como Starway to heaven de Led Zeppelin y con la que, los parentescos reaccionarios son tan grandes.
¿Sería imaginable que el público culto siguiera leyendo la poesía, la novela o la filosofía del siglo XVIII y XIX y se desentendiera de todo lo publicado en los siglos XX y XXI? Claro que una novela no se lee una y otra vez como se escucha una sonata para piano de Mozart. Por el contrario releer una novela es una excepción más que una regla. Con respecto a la música funcionamos como los niños pequeños que quieren escuchar el mismo cuento una y otra vez aunque lo conozcan perfectamente y su narración no guarde ya ningún secreto para el oyente. Sabemos cómo termina la Novena Sinfonía de Beethoven y aún así nos gusta oírla una y otra vez. El oído es por tanto, el más reaccionario de los sentidos y tal vez la música es tan compleja e interesante que nos cuesta cansarnos de escucharla.

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