17 sept. 2007

Identidades

En cuestiones de identidad pesa más lo que queremos ser que lo que realmente somos. Suelo decir que los españoles estamos más cerca de los marroquíes que de los alemanes y la gente me mira como si estuviera loco. Los alemanes, por ejemplo, tienen un sentido de la libertad personal que va más allá de la cordialidad, la hospitalidad, la simpatía, que son todas ellas virtudes muy queridas por los mediterráneos de una u otra orilla.
Si uno ha viajado por Alemania y demás países del centro de Europa habrá comprobado que cuando alguien en un grupo de amigos va a pagar la consumición en un bar, lo más probable es que el camarero le pregunte si pide la cuenta de todos (¿alles?), a lo que el español en cuestión responderá que sí, que la de todos, pero el camarero, que aún no ha superado la extrañeza que le produce nuestra respuesta, le preguntará, ¿pero de todos juntos? (¿alles suzamen?), es decir querrá asegurarse de que la totalidad de la cuenta no se va a pagar cobrando a cada consumidor su parte alícuota, sino que este extraño filántropo ha decidido pagar la cuenta de todos, lo que está causando tal extrañeza en el camarero que le hace preguntar una y otra vez para estar seguro de que está convencido de seguir adelante con la locura que propone.
La anécdota sirve para hacer notar que los alemanes y los españoles tenemos costumbres y valores muy distintos, al contrario de lo que sucede con los pueblos del norte de África, que en el fondo, no son tan distintos de nosotros. Sin embargo la mayoría de la gente piensa que como españoles, somos más alemanes que marroquíes.
Si en el pasaporte, en lugar de poner lo que somos se pusiera lo que queremos ser la gran mayoría de la humanidad actual tendría un pasaporte de los EE.UU. Las personas en las que vemos reflejada nuestra identidad suelen ser estrellas de Hollywood, cantantes de rock y personajes públicos de la cultura y los medios de masas norteamericanos y la idea que nos hacemos de nosotros mismos es la de alguien lo más parecido posible a los norteamericanos.
Si uno tiene que elegir entre ser vasco y ser español es fácil que elija lo primero. En general, el país vasco está más desarrollado económica y socialmente que el resto del país y la gente prefiere esa identidad a compartir la otra con nosotros, los del sur. Pero en la provincia del norte (como dicen los nacionalistas), en el País Vasco Francés, si tienen que elegir entre ser vasco y ser francés, es muy probable que elijan lo segundo, (aunque recientemente la presión del nacionalismo está haciendo aumentar la “conciencia nacional” de los “vascos del norte”).
Una vez hecha la elección, uno echa mano de lo que sea para justificarla: de las guerras carlistas, la toma de Navarra por la Corona Francesa, los errores cometidos por la Guardia Civil en el pasado o las torturas a las que sometía Fernando VII a sus prisioneros. Da igual.
Todos los nacionalismos son, de alguna manera, falsos. En la naturaleza no he apreciado nunca una nación. No sabría decir donde termina España y empieza Portugal, ni donde termina Francia y empieza Alemania, si no fuera por las fronteras y los mapas. Esto quiere decir que el nacionalismo es siempre una construcción. Dicho en roman paladino, un invento. También el nacionalismo español, por supuesto, es una construcción. La única diferencia entre éste y los llamados nacionalismos periféricos es que lleva cinco siglos funcionando y desde entonces se viene aceptando que es así. Esa es la única ventaja que tiene sobre los periféricos. Si pudiéramos partir de cero, podríamos inventarnos las naciones como quisiéramos, aunque siempre tendríamos el problema de que tendríamos que ponernos de acuerdo en donde empieza uno y termina otro y todas esas cuestiones de fronteras y de límites. Como el nacionalismo es, en síntesis, ponerle puertas al campo, es muy difícil que no cree desacuerdos.
El nacionalismo es y será siempre una forma excelente de poner a las personas en contra unas de otras. Lo cual, por otra parte, puede suponer grandes ventajas para muchos políticos.

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