29 ago 2007

Reciclando

En la sección yo, periodista, de El País del día 29 de agosto un ciudadano se quejaba de que la Concejal del Ayuntamiento que, casualmente es Ana Botella, les había mandado un escrito instándoles a reciclar la basura y detallándoles los elementos que habían encontrado indebidamente reciclados, es decir, que no estaban en el contenedor adecuado. El ciudadano en cuestión decía que veía conculcados sus derechos por esta acción, que consideraba un atropello.
Vaya por delante que no goza de mi simpatía esta concejala ni su familia, pero hay cosas que son objetivas sea quien sea quien ejerce el poder en ese momento.
En primer lugar he de decir que en otros países que llevan más años haciendo este reciclado y tienen más respeto por su medio ambiente y por sus leyes no habría recibido este ciudadano una invitación sino una multa cuantiosa y, tal vez, un proceso administrativo que podría terminar en los tribunales de justicia.
Pero lo que más me llama la atención de este comentario es lo finos que somos a la hora de criticar la conculcación de nuestros derechos en algunas cosas que podríamos llamar secundarias y lo poco que lo somos en lo fundamental. Concretamente en el tema del reciclado las autoridades no hacen sino responder a una necesidad medioambiental que los ecologistas vienen exigiendo desde hace muchos años. No podemos dedicar extensiones enormes de nuestro planeta (vertederos) a ser llenados de plásticos, vidrios, metales y materiales poco biodegradables e incluso claramente contaminantes, como las pilas. Se impone la necesidad de minimizar este impacto ambiental.
Al contrario que en Madrid, en mi ciudad, que viene siendo gobernada por el mismo partido al que pertenece la concejala citada, tienen por el contrario la costumbre de no complicarse la vida mucho con estos temas. Existen contenedores que están puestos por la Comunidad Autónoma, pero el Ayuntamiento, que es el que debe realizar la gestión diaria de los mismos, pone muy poco interés en ello, hasta el punto de que he visto verter contenedores de diferentes materiales en un mismo camión de recogida de basuras, sin que nadie haya puesto el grito en el cielo. Aquí el reciclado es voluntario y los que más desechos producen, como son los comerciantes con sus montañas de cajas de cartón, los dejan en la calle sin que nadie les corrija ese comportamiento, cajas que ni siquiera tiran al contenedor de basura (no caben), y que cuando se levanta el viento viajan por las aceras como extraños androides. Eso sí, no nos espían la basura.
Al final estamos haciendo un país en el que todo el mundo tiene derecho a viajar por la carretera a 250 km/h sin que ningún “canalla” nos lo impida y en el que podemos ejercer nuestro derecho a hacer ruido a cualquier hora del día, a maltratar a las mujeres, (que para eso son nuestras), a tirar las cosas al suelo, a dejar cagar a los perros en la calle y, llegado el caso, a darle patadas a las papeleras y demás mobiliario urbano (y por lo tanto de propiedad colectiva) sin que nadie tenga la desfachatez, siquiera, de llamarnos la atención por nuestro comportamiento, porque regañar, reprender, reprimir, parece que son comportamientos antidemocráticos.

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