9 dic. 2009

La Caíta

Hay a quien le gusta el flamenco y hay a quien le gustan las coplas aflamencadas, con algo de la hondura de los palos flamencos pero nada más. En esto todo el mundo reclama la hondura del cante pero, en el fondo, todos nos quedamos en la superficie. El aficionado, que quiere ser cabal, exige siempre que se cante por soleares y por seguiriyas; por martinetes, tientos y tarantas. Como si lo demás no fueran palos flamencos. Pero no se dan cuenta de que la hondura no está en lo que cantas sino en cómo se cantan las cosas. Se puede oír a Camarón cantando sevillanas flamencas y esconderse ahí más flamenco que en todas las soleas cantada por tanto y tanto aficionado bien intencionado que aburre a las piedras. El flamenco es algo que surge de tarde en tarde cuando alguien, gitano o payo, canta con estilo cabal.
En Extremadura hay muchos que reclaman derechos sobre los cantes extremeños. No queremos aquí menospreciar a nadie, solo queremos decir que de todos los flamencos que se han quedado en estas tierras no ha habido nadie que cante el flamenco extremeño como lo hace la Caíta. Ni siquiera aquellos que han recibido premios y galardones y que han sido designados como grandes por el público o la crítica.
Se reprocha a la Caíta que sólo sabe hacer bien los cantes de aquí. Ella no fue al Conservatorio a estudiar música ni a Sevilla a aprender de los maestros andaluces. La Caíta, como todos los gitanos que tenían facilidad para el cante o el baile, se ganaba la vida asistiendo a juergas flamencas en los cortijos donde los viejos ganaderos y pequeños potentados les pagaban por estar allí cantando hasta la madrugada. El cante, en estos contextos, no es una actividad artística elevada a la máxima consideración, sino una actividad servil que ponía de manifiesto el inmenso abismo entre clases sociales que formaba parte de la tradición castiza española. Estas juergas servían, entre otras muchas cosas, para celebrar ese abismo. El siglo XXI entró en Badajoz con gitanos que aún ejercían oficios residuales como los limpiabotas y los flamencos, oficios cuya mayor utilidad era ser imagen de ese abismo de clases. Ya la mayoría se ganan la vida en otros comercios más rentables, muchos en el Mercadillo, unos pocos en el tráfico de drogas al por menor, pero aún quedan resquicios de lo que fueron las clases sociales de cuando el mundo era “como Dios manda”. (Por cierto, será por ese motivo que los gitanos, antes tan católicos, acabaron cambiando, sino de Dios, si por lo menos de mensajero y se pasaron en masa a la Iglesia Evangélica).
El caso es que la pobre Caíta se quedó en Badajoz cantando tangos y jaleos, mientras otros, menos dotados para el cante, hacían el camino que ella debía de haber hecho.
Lo que no hay quien le quite es que es una “Camarona” como la copa de un pino. Ella nunca ha recibido nada de esas cuantiosas subvenciones que se destinan a financiar las artes, incluido el flamenco. Es más, la he visto entrar en la Peña Flamenca de Badajoz porque venía algún artista que ella conocía bien y quedarse atrás, en la barra, porque no se atrevía a sentarse en las mesas donde se sentaban algunos de los que la contratan para las juergas flamencas. Al día siguiente ha ido en compañía de El Peregrino, (famoso bailaor pacense), al Parque de El Revellín, en San Roque, a coger su carro para barrer las calles cuando le ha tocado un contratito de esos que venían de los Fondos de Compensación Europeos para los parados.
Basura de tradiciones ancestrales.
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