19 oct. 2009


Comenta Alex Ross (Ruido eterno), la gran influencia que tiene la música popular y el jazz en la música culta del siglo XX desde una época tan temprana como los años veinte e incluso en apariciones aisladas anteriores. Para muchos autores las músicas populares no son arte, del mismo modo que no lo es la artesanía. (Sin embargo, no olvidemos que el máximo artista plástico del siglo XX, Picasso, en un momento dado de su carrera se siente tremendamente atraído e influenciado por la artesanía africana, influencia que el malagueño plasma precisamente en una abundante obra de artesanía cerámica). Quiere esto decir que desde muy pronto las vanguardias se enfrentan al problema del divorcio entre el artista y su público de dos formas muy diferentes. Para unos este divorcio es bueno. Es la tradición que arranca en el siglo XIX, una versión personalista del romanticismo como la que encarnaron los poetas simbolistas. El mayor defensor de esta postura fue el incombustible T.W. Adorno y los músicos de la Segunda Escuela de Viena que se encolerizaban si su obra sufría un rotundo éxito de público, cosa que, claro, sucedía pocas veces. En el otro lado estaban los traidores de la música absoluta, gente como Debussy, Stravinski, Bartok, etc. La conocida polémica creada por Adorno en sus escritos que anteponía la seriedad y el rigor de la música de Schoenberg al kitsch reaccionario de Stravinski. Actualmente los criterios de Schoenberg y Adorno no son precisamente los que triunfan en el mundo de la música ni el de la crítica, así que volveremos sobre el tema.

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