22 ene. 2008

La noche española

Cuando escribe Antonio Muñoz Molina yo me callo.
REPORTAJE: IDA Y VUELTA
Vanguardia y bata de cola
Antonio Muñoz Molina 05/01/2008

Madrid invernal de finales de diciembre. Aire vítreo y hojas secas arrastradas por el viento frío de la mañana, ramas desnudas contra el cielo azul pálido. Rara visión de abrigos y bufandas: guantes de lana, caras ateridas. En una esquina umbría el olor caliente de las castañas asadas perfecciona la imitación de los inviernos del pasado. Sólo hasta cierto punto: el castañero es un moreno dominicano o cubano que además de castañas vende mazorcas de maíz y algo que parece ñames o yucas o boniatos sonrosados. Quizás también me parece que vivo un invierno antiguo porque voy caminando por el vecindario cercano a la estación de Atocha, con sus restaurantes baratos que aún tienen pintados platos polícromos de gambas a la plancha y de callos en los escaparates, con sus grandes bares en los que sigue reinando la especialidad inmemorial del bocadillo de calamares fritos. Madrid no mantiene mucho rato la distinción europea del paseo del Prado, la solemnidad neoclásica de fachadas con columnas y fuentes con estatuas de dioses. Uno deja atrás los museos, el Prado y el Thyssen, con sus colas de turismo ilustrado, y en seguida encuentra la densidad ferroviaria y casi suburbial de Atocha, presidida por la ancha ojiva de la estación, y refractaria lo mismo a los excesos del aseo que a los de la modernidad, a pesar de la torre y de la ampliación de Moneo, y del alerón de chapas metálicas que le añadió Jean Nouvel al Reina Sofía.

Me gusta esta ciudad que puede ser tan despejada y tan noble y un momento después tan plebeya, igual que es áspera y de pronto acogedora, sin transición ni medias tintas, que tiene una belleza tan desordenada y como en prosa, en la que no hay distracción más subyugante ni más barata que andar por la calle.

Paseando muchas veces por mi barrio de Nueva York me acuerdo de la vitalidad desastrada y del cielo limpio de Madrid. Por las aceras de sombra fría de la glorieta de Atocha me acuerdo hoy del tránsito de las zonas de sol a las zonas de sombra siempre húmeda en las mañanas heladas de Nueva York. Y el aire entre castizo y cimarrón del vecindario me prepara sin que yo lo sepa para la exposición que vengo a ver en el Reina Sofía, La noche española, que es un delirio magnífico de geometrías cubistas y de taconeos flamencos, de gitanas de almanaque de la Unión Española de Explosivos y caligrafías quebradizas de Joan Miró, un mareo y una inundación de batas de cola y sombreros de ala ancha y trajes de torero y mantones de Manila y morenas de ojazos negros con caracolillos sobre la frente y lunares en la mejilla que de algún modo casi inexplicable acaba siendo una travesía luminosa de la edad de oro del arte moderno, desde Manet a Man Ray, desde el Madrid valleinclanesco de Isabel II a las vísperas del Madrid trágico de 1936.

Un español con inclinaciones ilustradas, con inquietudes modernas, tiende a huir de los estereotipos de la españolidad como un vampiro de los crucifijos. Sin grandes variaciones la historia se repite desde Jovellanos y los primeros exiliados liberales, y ha permanecido intacta al menos hasta mi generación, que aún cruzó las fronteras con una mezcla agotadora de complejo de inferioridad y ansia de abrazar lo extranjero y lo nuevo. Como aquellos viajeros siempre algo melancólicos, imaginábamos un país limpio de atraso y de diversiones brutales, sin los claroscuros dramáticos del tenebrismo nacional, sin los oros falsos y los rojos de sangre que atraían lo mismo a los turistas de rebaño que a un cierto número de historiadores serios. Incluso hubiéramos deseado, en la medida de nuestras posibilidades, ofrecer una imagen de nuestro país ajena a los lugares comunes que se han venido repitiendo sin grandes variaciones desde los relatos y los grabados pintorescos de los viajeros románticos.

Tarea extenuadora. Algo hemos avanzado en los últimos años, pero seguimos siendo toreros y flamencos, figurantes de Carmen, frailes torvos, conquistadores sanguinarios. Hay alguna innovación: los colores violentos de las viejas batas de cola son ahora los de las películas de Pedro Almodóvar, cuya desenvoltura pop no siempre es percibida por sus incondicionales; los guerrilleros y bandoleros de las litografías antiguas son ahora, muchas veces, los terroristas del Norte, a cuyos emisarios por el mundo no les cuesta nada difundir entre gente bienintencionada, ignorante y más bien idiota, la leyenda de un pueblo bravo y rebelde, resistiendo en sus montañas ancestrales la ocupación española.

Uno creía que para ser absolument moderne el primer mandamiento era abjurar de toda aquella guardarropía: que la modernidad era el reverso y el antídoto de la España negra. Pero lo que descubre o recuerda en esta exposición -entre bailaoras de Van Dongen y de Francis Picabia, flamencos de Man Ray, carteles vanguardistas con el nombre de Antonia Mercé, caballos destripados y toros de Picasso en plazas con gallardetes tricolores, picadores de hojalata cubista de Pablo Gargallo, guitarras ascéticas de Juan Gris, letras flamencas de Federico García Lorca- es que los mismos materiales que sirvieron de base para tanta morralla y bisutería folclórica se convertían en oro cuando los manipularon los mejores artistas: cuando muchos de ellos buscaron en la tradición popular el fundamento que necesitaban para rebelarse con verdadera eficacia contra las rutinas y las formalidades del arte académico. Lo que iba buscando Béla Bartók en las músicas campesinas de los Balcanes lo encontraban en Andalucía Manuel de Falla y García Lorca. Ignacio Zuloaga pinta a una bailaora flamenca bajo una luz submarina de mechero de gas y borrachera de absenta que está tan lejos del costumbrismo como el Lavapiés canalla de Isaac Albéniz. Una morena cordobesa de Romero de Torres sostiene una pistola automática en vez de un abanico. El toro y el caballo de la corrida republicana de Picasso anticipan la tragedia en blanco y negro del Guernica. En los monigotes estrambóticos y el vértigo de los tiovivos de una verbena madrileña Maruja Mallo y Ramón Gómez de la Serna practican un surrealismo entre gozoso y desgarrado de disparate popular. En la glorieta de Atocha, delante de estación, cuenta Arturo Barea que en la noche del sábado 18 de julio de 1936 permanecían las casetas y los carruseles de una verbena abandonada. Por estas calles estrechas como de ciudad de provincias que veo desde el ascensor de cristal del Reina Sofía estaban los cafés cantante a los que iban los artistas modernos y en los que aún podían escucharse las voces más sagradas y más primitivas del flamenco. Con la vida que pasa ahora mismo en la calle, el ruido del tráfico, los castañeros del Caribe, el tullido que pide limosna con un gorro de Papá Noel, el africano de las películas piratas, el humo de los calamares fritos, los rótulos de gambas y callos, el vaho caliente de los respiraderos del metro en la mañana tan fría, los viajeros desnortados, los villancicos azucarados que salen de una tienda, habría que construir algo, un relato o un cuadro, una película de fotogramas convulsos, la crónica instantánea de una mañana de invierno en Madrid. -


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Cuando canta Estrella Morente, me callo y escucho


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