2 ago. 2007

Juan Talega


Hasta tiempos muy recientes la transmisión del flamenco, como toda música popular no escrita, se realizaba de forma oral y cualquier ruptura podía significar la pérdida de tradiciones tal vez centenarias. Así estuvo a punto de suceder tras la guerra civil. Muchos maestros habían desaparecido, se había roto la natural sucesión de las generaciones de cantaores y la nueva situación había impuesto un tipo de cante de entretenimiento que el régimen apoyaba porque formaba parte de su política de autarquía, pues al fin y al cabo podía llegar a ser el más español de los cantes. Se potenciaron los sones más festivos y los que estaban más cerca del puro folclore, olvidándose el cante de hondura. Hacia los años cincuenta la situación expuesta estaba llevando al flamenco a un punto sin retorno toda vez que la ruptura de la tradición se consumaba.
En ese contexto aparecieron figuras emblemáticas como el cantaor Antonio Mairena que fue el adalid de la recuperación de las tradiciones perdidas o que estaban a punto de serlo. Mairena recuperó cantes olvidados y le dio al flamenco una seriedad y un rigor que ya no tenía. Llegó incluso a publicar algunos libros y contó con el apoyo de jóvenes intelectuales andaluces que se interesaron en el tema. Para documentar esa tradición se apoyó en cantantes de generaciones anteriores aún vivos, como Pepe el de la Matrona y Juan Talega, este último cantaor gitano nacido en 1891, que ganó el primer premio del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba en el año 1959, a pesar de lo cual no había seguido una carrera artística profesional. Antonio Mairena le convenció de que grabara sus cantes y gracias a ello se han conservado algunos palos y formas de cantar las tonás, (los difíciles cantes sin guitarra y ritmo libre), los martinetes, carceleras, etc.
Existen unas grabaciones del año de su muerte (1971) realizada por RTVE y editadas en los DVD del programa "Rito y geografía del cante", donde se le puede oír cantando esas tonás. La expresión del maestro es sobrecogedora, un cante sin concesiones lúdicas, pura expresión racial. Su gesto cansado y la expresión de quien no espera ya nada de la vida no le impiden poner las fuerzas que le quedan en el empeño de transmitir unos cantes que no le pertenecen y que están más allá de su propia figura. Tal vez en grupos étnicos minoritarios y, a menudo, acosados este tipo de actitudes sean más frecuentes que en el ordenado mundo burgués, en todo caso nos hablan de una pasión por su arte asombrosa, un arte que no está hecho para el regocijo, el placer o el halago de los oídos, sino que es pura expresión, tal vez en un sentido decimonónico, puesto que el flamenco tiene mucho de romanticismo ya que, tal como hoy lo conocemos, es un arte en gran parte basado en culturas populares que vivieron coincidiendo en el tiempo con el romanticismo burgués y heredaron aspectos fundamentales de esa forma de pensar.

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